Ayer firmé en el notario. Ya soy propietaria. Compré una vela con aroma de Flor de Naranjo absurdamente cara y un contorno de ojos. Hace tiempo que dejé de usar una crema distinta para esa zona, pero sentí que tenía que premiarme de alguna manera.
Fuera hace frío. Es junio y yo todo lo hago al revés. Me mudé antes de firmar, no nos salió hacernos una foto entregando las llaves. Puede que sí sea reservada, pero me veo a mí misma contando mis secretos más profundos siempre a desconocidos.
Siento que esta casa es un útero cuadrado, del que no quiero salir. Quiero quedarme aquí limpiándola y ordenando mis cosas. Aquí el mundo no me duele. Soy tremendamente egoísta, a veces no me entero de nada. Vivo en esta cabeza desde hace más de treinta años. Son demasiados.
Me suelo ver más guapa de lo que soy y menos atractiva de lo que soy también. Cristina de Middel me dijo el otro día que todo empezó a funcionarle bien cuando su yo fotógrafa y su yo verdadero se alinearon. “¿Quién eres cuándo estás sola? ¿Y quién eres cuando estás con la gente? eso es lo que tienes que preguntarte, me dijo.
Tengo ahora una misión: que mi perro no se suba al sofá.
Le pido que cambié sus costumbres a una edad de más de cuarenta años, qué madre más terrible, qué tortura. ¿Estaré esperando que él sea el que me demuestre que cambiar es posible?
Estoy feliz en mi útero cuadrado.
Es una felicidad extraña, como si la quisiera compartir con muy pocas personas, como si me hubiera dado cuenta que llevaba mucho tiempo corriendo y necesitara descansar en la meta. Me asusta no saber hasta cuándo necesitaré descansar.
¿Ya no sabemos estar tranquilas?
En mi barrio la gente es humilde, pero rica a la vez. Tienen muchos parques y no hay ni un solo banco para una única persona. Están todos en plazas o placetas. En mi barrio han puesto todos los bancos que quedaban feos en otros y eso, en mi opinión, es una ventaja.
Todas las tardes se reúnen unas mujeres jubiladas a tomar la fresca. No sé a qué hora bajan, siempre las veo ya ahí. Algunas se sientan en sus propias sillas de playa, como si no tuvieran suficientes bancos. Son tremendas.
Me gustaría sentarme con ellas, preguntarles cómo les ha tratado la vida. Descubrir que la que más ha sufrido es la que más se ríe.
Es un barrio de soñadores. Lo sé porque la gente que más pierde el tiempo, es la que más sueños tiene. Y aquí están todo el día en la calle.
Como una vecina que tiene una cafetería con aire dosmilera y un toldo que parece de una ferretería. Sucio y plasticoso. En el que se puede leer: Cafetería y panadería, Salón de Té.
Mi casa me recuerda a un apartamento de playa. Me siento en la playa de Gandia o en una zona más tranquila de Benidorm. Los grandes ventanales del comedor dan a un deslunado muy ancho, por el que entra mucha luz. Siento que vivo con toda esa gente. Oigo a sus hijos y sus discusiones. Huelo lo que cocinan. Todos compartimos el mismo trozo de cielo.
A las cuatro de la tarde el sol entra en mi salón. A mis flores les asusta, se han muerto tres.
El sábado un amigo de mi novio me dijo que el mono que llevaba me venía dos tallas pequeño y luego me ofreció consejos para mi futura (supuesta) maternidad. Al principio pasé, luego acabé dándole un discurso. Mi psicóloga me había dicho que tenía que ser perfil bajo y no lo conseguí. Me pregunto si las preguntas que me hizo Cristina de Middel también servirán para esto.
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